viernes, 16 de enero de 2009

Duelo.

Entre sonrisas, los dos contrincantes se observaban. El regocijo era mutuo; en medio de aquel campo desolado, donde incluso los insectos rehuían hacer su hogar y la mano de Dios parecía haberse olvidado hasta del cielo, ambos oponentes habían encontrado un lugar propicio para medir sus espadas. En esta ocasión no terciarían palabras entre las intenciones de lucha, tan solo los fríos aceros, con su gusto por la piel desgarrada. El viento y sus susurros de hoja caída, llevando las noticias del duelo; los lamentos de las nubes y el rugir del trueno –dios nunca benévolo, amante de las contiendas - eran los únicos sonidos envolviendo la quietud de la muerte. Amenazaban con caer las lágrimas del cielo sobre las empuñaduras de las armas, mojando las fundas, labradas con intrincados motivos, con los advientos de la hora anunciada. Cada músculo flexionado en la posición adecuada, tenso, expectante, callado. Los ojos fijos en la burla y la alegría que produce encontrar a un igual.

Uno de los duelistas era un reconocido samurái de las épocas antiguas: por nombre, Ieyasu Kuragawa. Su fama en las artes de la katana sólo era superada por el temor que la gente le profesaba cuanto escuchaba su nombre en las viejas andanzas; los baños de sangre a la luz de la Luna, cuando tan sólo con el beso de su arma llevaba la humillación de los caídos a ejércitos enteros que osaban desafiar su furia. Ah, qué magnífico se le veía, con su armadura ébano y la máscara desgarrada que solía portar, mostrando su ojo izquierdo, que entre las tinieblas refulgía como la mirada del Demonio mismo buscando las almas, danzando con la gracia propia de los dioses. Siempre bajo la cubierta de su rostro, un gesto impertérrito, que no parecía conmoverse a medida que las almas eran segadas con los certeros cortes de su brazo derecho. Cada nueva historia sólo contribuía a su fama. El brazo maldito por los dioses, su extremidad diestra; llamado así por su destreza en los golpes, que según las habladurías de la gente le había sido concedida en el momento de su nacimiento, manifestándose la arcana habilidad en forma de intrincados tatuajes que recorrían su antebrazo. Decíase que, el día que Ieyasu muriera, su brazo cobraría vida propia para seguir regocijándose en los jardines del asesinato.

Y del otro peleador… Shiroi. Sólo por esa palabra se le conocía. Y pronunciarla era el equivalente a invocar los espíritus de vengativos guerreros caídos bajo su hoja. Con sus blancas vestiduras, inmaculadas siempre aún cuando la sangre a su alrededor corría a raudales. Se rumoreaba que ninguna mancha podía hacer mella en la nívea tela de sus ropas, así como ningún acero forjado por manos humanas podría cebarse en su carne. Tan sólo podía apreciarse una sola huella de las batallas en su cuerpo de acero: una cicatriz recorriendo su brazo izquierdo. La marca recorría desde el hombro hasta el dorso de su mano, y daba lugar a un sinnúmero de leyendas. A veces se escuchaba, en las tertulias reunidas alrededor de los juegos de dados y las casas de reunión de las rebeliones, que el tajo le había sido infligido por un demonio que, celoso de su prodigiosa maestría en la lucha, con una infernal daga había marcado de por vida el ahora inútil brazo, llevándose la mitad de su gloria. Siempre llevaba Shiroi su siniestra metida entre los pliegues de sus ropajes, colgando la inerte extremidad, sin vida, sin habilidad. No obstante, con la opuesta se bastaba el hombre para efectuar sus orgías de muerte. Al contrario de Ieyasu, su gesto solía iluminarse con obscena sonrisa al sentir los huesos romperse, las bocas proferir horrísonos gritos, y los tendones destrozarse por los golpes de su técnica mortífera.

Eran esos dos los personajes que, contemplándose mutuamente, adornaban el paisaje próximo a ser testigo del derramamiento de vida carmesí escapando de las venas. Podrían ser polos opuestos, de no ser porque compartían un vínculo en sus caminos de homicidios, justificados ante su razonamiento por las mareas de la época. Eran tiempos difíciles, que ambos hombres habían utilizado para escribir sus respectivas leyendas, estigmatizadas con el tono mórbido de las contiendas. Kotori, el instrumento del brazo de Ieyasu; y su adversaria, Shiroyuki, en manos de Shiroi. Espadas que, sin que ambos supieran, nacieron del mismo fuego y el mismo genio artesano; creadas épocas atrás, imbuidas de las ansias de venganza de un maestro en los complicados usos de la forja de katanas. Gemelas en destino y desgracia. Cumplida su razón de existir, fueron después herramientas para la matanza, habiendo llegado a las respectivas ansias de los contendientes. Se volverían a encontrar los aceros y a interponerse el uno en el camino del otro, para evitar la muerte de quien los blandía.

Cada mano acariciaba su respectiva empuñadura, presta a desenfundar a la menor provocación. Shiroyuki, prístina y silente, reposaba dentro de su funda, trémula y a la espera de la matanza; por su parte, Kotori dormía, mas en sus sueños se revolvía ante el inminente duelo, regodeándose por anticipado con el gusto del plasma. Era tal la anticipación con que las katanas acompañaban la expectación de los guerreros, que parecía las armas temblaban con vida propia, cuando la expectación era lo que movía los temblores en los sendos dueños.

Era diferente el cielo esa tarde de otoño. Recorrían las corrientes el mar del firmamento, llevando consigo aullidos de los dioses fúricos, los demonios esperando el alma que habían de reclamar, recorriendo el paraje aquel en sus bailes mortuorios, esperando con fascinación el momento de derramar la primera sangre. Los restos de árboles que alguna vez poblaron el lugar, secos y resquebrajados por el peso de los asesinatos, crujían con estrépito tan solo con el beso del agua y el aire combinados. Sin embargo, cada sentido de los contendientes estaba sumido en un análisis callado, frío y ajeno a todo lo que no fuera el hombre que delante tenía. Presionaba la muerte a que comenzara el encuentro, relamiéndose los descarnados labios con anticipada gula. Habría de devorar almas antaño ya marcadas como malditas. Veía a los personajes como cosa propia, perdiéndose en cada detalle de los cuerpos trabajados en el fragor de la guerra.

Una gota de sudor recorriendo la columna vertebral pudo haber sido disturbio suficiente que rompiera la tensa paz de la mórbida escena. Sin embargo, la señal para el inicio del fin no llegó con un evento tan simple; de la mano de un rayo que, raudo e inesperado, cruzó las nubes estrepitosamente, e iluminó por un instante angustioso el ambiente, dio principio la Muerte a su festín. Veloces movimientos de muñeca, al unísono realizados, desenvainaron las sedientas armas. Los filos, perfectamente trabajados, se deslizaban desde el fondo de las fundas, hasta rasguear con demoniaca precisión las cuerdas del aire, dando comienzo a la sinfonía cacofónica de los gritos y agonía - ¡qué música más macabra, qué melodía más bella! - que a ambos contendientes envolvería. Canta, Shirayuki, tu poesía desenfrenada, y graba los versos en la carne adversaria... Kotori, he ahí tu trino de callado beso; con tu afilado costado dibuja los rasgos de los mismos demonios en la mortal envoltura del honor...

Destellos apenas perceptibles cruzaron el reflejo de la energía eléctrica presente en el firmamento, acompañados por el fino polvo que cuatro sandalias levantaron en perfecta sincronización. Despegaron las suelas del abrazo del suelo, comenzando la imperfecta danza del enfrentamiento. En la pericia obtenida de los anteriores combates, ambos habían entendido la importancia de dedicar todo a la primera estocada, terminar cuanto antes con el excitante retardo previo al sordo golpe de un cuerpo caído. Tantos órganos vitales posee el cuerpo... Es difícil detenerse en solo uno, cuando el desgarre de los tejidos confiere tanta vida a aquellas existencias carentes de otro sentido más que el de la masacre. El corte de Ieyasu era una perfecta medialuna, que a otro adversario más débil hubiera enviado atrás con el solo impacto del viento. Recorrió la hoja una trayectoria limpia, de izquierda a derecha, cercenando con su paso un árbol que apenas en pie se tenía. Mas no era suficiente. Ágiles eran las piernas de Shiroi, que le impulsaron hacia arriba para evadir el mortal golpe; y desde el aire, con su arma desenvainada ya, intentó descargar la furia de su espíritu en un tajo vertical, dirigido a la cabeza.

Los reflejos del primer atacante eran infalibles. Girando de nueva cuenta su mano, posicionando la hoja justo frente a su mirada, que siguió la trayectoria del adversario, detuvo aquel ataque. Las chispas nacieron del brutal choque, como la pasión de un beso entre dos feroces amantes. Pareciera que la lluvia quería contemplar por sí misma el duelo, pues la resonancia del encontronazo entre el metal se expandió, acompañada por los suaves golpeteos de las gotas que comenzaron a caer. Resbalaban así en los ropajes, en los rostros, en los aceros. Rechazó Ieyasu a Shiroi con un violento empujón, cayendo éste de pie frente a frente. De un salto se impulsó al frente, enarbolando su katana como si de una lanza se tratase. Una embestida de esa magnitud podría haber atravesado limpiamente a su objetivo, de no ser éste un luchador de la talla del mismo adversario. Pues, girando sobre sí mismo, hízose a un lado, esquivando apenas el filo, que llevó tras sí rasgaduras de las ropas, y un fino hilo de sangre de la piel herida.

Mas, ¡qué caro le costó el fallo! Pues era ésa la oportunidad que esperaba Kuragawa... Aprovechó el momento de giro, la fuerza generada por aquel movimiento, y utilizándose a sí mismo como eje, impactó de lleno en la espalda de su adversario, aunque la Suerte, ciega dama, hizo que fuese el revés de la espada el que imprimiese el golpe. El rumor de los huesos al quebrarse, el orgásmico momento en que las vibraciones sacudieron a Kotori, haciendo que su portador sintiese todo el choque; se iluminaron sus ojos, y el rostro antaño tranquilo se curvó en fiera y macabra alegría, como si el demonio de su brazo despertase para cobrar la primera sangre. Sin embargo, fue la tremenda colisión la que avivó de una vez por todas la llama del coraje en Shiroi… Tambaleante, mas sin haber caído, giróse una vez más, encarando al samurái de la máscara desgarrada. Y entonces, pronunció las únicas palabras que se le oyeron decir:

- Has marcado tu huella. Te concedo el privilegio de morir.

Tras estas palabras, corrió de nueva cuenta, riendo como poseído. En su estrepitosa carcajada se adivinaba el insano deseo de la aniquilación total, un sonido que podría calar hasta los huesos del más fiero combatiente. Y así, se cruzaron de nuevo las espadas, chocando con la furia de los mares, repeliéndose mutuamente en cada encuentro. Cortes destinados a matar, eran los que ambos beligerantes trazaban sin cesar, apenas contrarrestados por hábiles movimientos del rival. Cada colisión de los aceros iba acompañada del fugaz sonido de un trueno, ¿era la manera de los dioses de demostrar su interés en la contienda? A ambos se les veía felices, concentrados, en obscena alucinación. ¡Qué desperdicio más grande, el de dos hombres que podrían haber alcanzado la gloria por méritos propios, mas escogieron el sendero de la sangre como única opción! La naturaleza humana dicta así sus oscuros designios: encuentre cada quien la paz en el acero o el estudio, en el género o la incertidumbre, en la meditación o el desenfreno… Pobres, condenados nosotros a vivir de nuestras pasiones.

Se desarrollaba el combate con vertiginosa violencia, aunque ya se había prolongado más allá de una pelea normal. Claro, tratándose de maestros de la espada, la destreza de uno no superaba al otro, y seguían en medición de sus respectivas fuerzas. Gotas salinas recorrían ambos cuerpos, y se admiraban las señales de los golpes en los ropajes. Ninguno de ellos era ya inmaculado; se había terminado la leyenda de su inmortalidad. Cubiertos ambos en cortes y sangre, no era ninguno, sin embargo, el dispuesto a ceder; antes tomaban de nueva cuenta su posición de ataque, esperando el momento del ataque final.

Éste llegó por iniciativa de Shiroi. Obró otro milagro, en la algazara de su acometida. El brazo inerte cobró vida, asiendo la katana por la parte baja. Pareciese que el Diablo mismo estuviera de su lado, recobrándole la facultad de usar ambas prodigiosas manos para terminar de una vez la prolongada pugna. Firme y sagaz, trazó un círculo frente a sí mismo, dibujándolo en el aire. Después, flexionando su brazo derecho hacia atrás, y con el izquierdo apoyando la empuñadura, se lanzó de lleno contra Ieyasu, como mortal ariete. Coletazo de Dragón, era esa su embestida predilecta, que a más de uno envió a la tumba. Respondió la víctima de igual y digna manera, envainando su espada y girando sobre sí mismo, con los pies firmemente plantados sobre el suelo y la diestra empuñando el arma. Media luna, nombre singular y parco. Pero que despertaba remembranzas de cuerpos partidos por la mitad. Y así, se encontraron las poderosas arremetidas; golpes críticos que pusieron fin a dos mitos del Japón caótico de esas épocas.

Cayó primero Shiroi, con un profundo tajo que cruzaba horizontalmente su estómago. Era demasiado grave para tener remedio alguno… Asomaban al exterior sus órganos vitales, consumiendo el poco tiempo que quedaba en su vida con agónicos estertores. Pero había valido la pena. En el lugar donde anida el corazón, había dejado clavada su propia arma, en el pecho de Ieyasu. El filo de ésta atravesaba completamente al hombre, que cayó, primero de rodillas, y después besó el polvo fino de aquel escenario trágico. Ambos se hicieron compañía en la tumba, que sería la misma para ellos: el suelo árido, y el festín que esa noche, los dioses y los buitres se darían en los músculos trabajados. ¿Es que acaso no hay más destino para el guerrero, perecer por el frío acero, y no dejar más huella? Aún reposan, murmuran los transeúntes, las dos katanas gemelas, en el lugar de la pelea. Sin mella alguna, pues todavía no cumplen su última misión: forjar un mejor futuro para el hombre. Solo siguen marcando el emplazamiento exacto, donde dos extraordinarios adversarios derramaron inútilmente su vida…

martes, 9 de diciembre de 2008

Madrugada.

¿Por qué uno es tan masoquista para no dormir cuando las horas están contadas?

Ayer fue uno de esos días, nada sucede pero todo te golpea. Agh, con ganas de arrancarte el corazón con las uñas para no caer en melancolía. Personalmente detesto esa situación tan conocida de "nada me sale bien". Fichas de dominó, una tras otra, que desencadenan las pequeñas tragedias cotidianas... Y cuando son suficientes, paf, te encuentras conque aún vienen más.

No es que venga a quejarme. Pero los desvaríos de la madrugada son múltiples, y uno nunca sabe por dónde empezar. Veamos... Ah, sí, yo existo. Debería decir algo al respecto.

Life sucks. La mía en especial. Claro, porque yo lo estoy permitiendo. Puedo irle a llorar a las personas que les importo. ¿Y qué gané? Creo que la dejé simplemente preocupadas, no hicieron nada ni hice nada por mí. Qué shit de persona soy. Y no porque pretenda hacerles daño o dejar su autoconfianza por los suelos, sino porque me sale natural cuando la mañana me cierra los ojos. Falta de sueño, quizá. En el sentido más metafórico del asunto: ando en busca de objetivos. ¿Dónde quedaron? ¿Alguna vez los tuve? Malditas preguntas sin sentido, como lo más elemental de la vida: ¿Qué es la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Cuál es mi propósito?

Con ganas de mirarme a mí mismo y gritarme: "Estúpido, búscate uno si tanto te lo preguntas".

Pero andamos a ciegas, tentando las esquinas de esta esfera que nos encierra. Pides una limosna de cariño y hay quien te paga el hotel y la comida, todo incluido. Porque lo mereces, se supone. ¿Y qué sucede si la gente que eso hace, simplemente se equivoca contigo? Ya sea que no lo merezcas, o que lo desprecies, o no ven todo lo que eres en algún principio. Lástima que del tiempo no se puede pedir reembolso.

Hoy estoy tan amargado que ningún párrafo lleva coherencia con los anteriores, pero todos tienen sonido de desquite y penas.

¿Será que me llama de vuelta la realidad?

Hace bastante tiempo que no escribo un cuento, y poco más semanas que no me nace ningún poema. Me decían que tengo el talento. Entonces ahora respondan: ¿dónde quedó? Juro que busqué en la nevera y no lo encontré congelándose, y definitivamente debajo del montón de ropa por lavar - imaginerías de cuarto, el mismo desorden en mi corazón - no se esconde. No sé si tengo el tacto tapado, los ojos entumidos, la lengua constipada y la nariz sorda. Hay confusión hasta de sensaciones, vaya. Quizá si me quemo me zumben los oídos.

Y... Nada. Juro que ni un verso malo me nace.

Ah, ¿lo leíste todo? Felicidades... No pensé que la paciencia con los delirios existiese.

~

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ah, tanto pinche escribir...

... Para que nadie te lea.

Bueno, quizá no tanto. Actualizo esta cosa cada muerte de obispo.

No sé, te imaginas que alguna vez, cuando las personas se topen con lo que tienes que decir, se darán cuenta que detrás del blog/MetroFLOG/MySpace/Hi5/[Inserte página para perder el tiempo aquí], hay una persona, vivita y coleando, esperando con ansias lecturas y opiniones. Digo yo, el Internet se comercializó supuestamente con la premisa de unir a las personas. ¿Qué está pasando entonces?

Pongo de ejemplo este lugar, todo polvosito y aburrido. Nadie dijo que leerme fuera precisamente sinónimo de diversión, y como buen autor fracasado, eso es recontrasabido. Sin embargo, aún abro mi blog, casi casi rezando por encontrar triangulitos rojos en el pinche mapita que me bajé del blog de otra chica, y después revisando los posts nuevos, con la esperanza de que algún soberano desconocido, o siquiera uno de mis amigos, haya dejado su huella y tenga algo que decir sobre lo que tú sacaste de tu sistema... Sé que muchas veces solo te desahogas y ya, que te valga queso lo que otros vean en donde tú dejaste tu firma. Pero otras sinceramente quieres leer un "no mames, escribes chingón" o un aún más sincero "te falta trabajar esto, esto y esto", maybe "¿Qué onda güey? Me topé con tu página por ahí, chingos sin vernos", e incluso quizá "sabes qué, escribes del nabo y nada más vengo a chingar". Sueños guajiros.

La neta si no aviso de esta madre nadie se da cuenta. Señores, ¿qué puedo hacer? Ni modo que me ponga a anunciar que hay un blog mío en algún rinconcito de la Güorld Güaid Güeba. Pero más que queja personal, es una pequeña observación. Digo, si ya tuviste el interés para visitar el lugarcillo de quién sabe qué persona que te recomendaron o simplemente te tropezaste con ello, podrías dejar un mensajito para que el individuo que esté desmadrugado escribiendo incoherencias en su blog, sepa que alguien lo ha leído. Créanme. Es un gran alivio el encontrar de vez en cuando "1 comentario".

En otro orden de ideas. Ando buscando a mis excompañeros de varias escuelas. ¿Por qué? Pura nostalgia, de vez en cuando me da por intentar recapitular mi vida desde los años mozos. En particular me he dado cuenta que estoy algo... Obsesionado. Eva Georgina Vertti Aguirre, material de campeonato. Siempre estuve convencido que esa chica llegaría lejos. Y hoy quiero confirmar mis convicciones. De modo que me puse a moverle al Hi5 y esas madres, Facebook, qué se yo. Y nada. Rayos, ¿en dónde buscas a una persona que pareció desaparecer de la faz de este globo en destrucción que llamamos hogar? Se aceptan sugerencias... Y claro, si algún Primera Generación de la Edwards Deming o algún excompañero de Bátiz se acuerda del viejo Hazzam... Pues no sean gachos y también dejen su comentario, ¿no?

Cambio y fuera ~

miércoles, 22 de octubre de 2008

Death no Ballad

Firmes tonos de la Luna clara
rayaban el metal de su fría arma.
Ella era la Muerte encarnada,
lujuria de seda con inocente mirada.
Sus ojos resplandecían el fuego cruel
conque el beso de las rosas caídas
se apoderaba sin piedad del alma
del incauto mortal que cruzarse osara.
Cabellos de plata y hebras de acero,
labios firmes con primor detallados;
rasgos de diosa y perfil artero,
los mejores aliados del ángel despiadado.

En el plenilunio aquel del crudo invierno
posaba sus pies en la orilla de un lago.
Eran caídas hojas su único consuelo
(no quedaba soledad tras esos milagros)
entre susurros del bosque, ojos callados,
princesas de hielo y cuentos de antaño.
Alas de metal que acariciaban su espalda
eran el resguardo del calor de su guadaña.
Así la vio aquel joven desaventurado
que pasaba en busca de incierto remedio
para un corazón hacía tiempo desahuciado:
el suyo, marchito por amores de lejos...
Suspirando llegó a la imagen clara
conque el ángel de muerte imprimía la noche.
¡Desgracia la suya! Fijó la mirada
en esos orbes de frías costumbres;
mirando a la nada encontró su hora.
Fascinado, hasta la visión caminó
rindiendo honor a la magnífica señora.

"Oh tú, que a la belleza restas méritos,
que tu rostro de marfil es el amor encarnado...
Tienes aquí a tu eterno esclavo,
haz de él de la voluntad tu lamento..."
Decía el joven con desatinado juicio
a la imperturbable mujer del pecho de acero.
Con el furor de su inocencia y la pasión, el celo,
que solamente un fugaz vistazo causa.
¡Tan feliz, tan entusiasmado, así se le veía!
¡Lástima que de amores nunca la niña requería!
Solo sonriendo, con falsa amabilidad
se aproximó la fémina de los ojos grises
al que de amores la requería sin límites.
"Ah, mortal, cruel es tu sino
si ha decretado que en mí dejes tus anhelos.
Yo soy la Muerte. El placer y desenfreno
son solo caminos para lograr mis medios...
Siempre sola, llevo mi sendero
entre la niebla y la noche busco mi alimento,
el desconsuelo, humano, es mi sustento.
¿Me llamas con ternura? ¿Pides mi gracia?
¡Necio serías, llegado en mala hora!
Ríndeme pleitesía antes que siegue mi arma
los frutos de tu cosecha, la vida que añoras.
¡Ponte de rodillas y besa mis plantas!"

Mudo permaneció el muchacho aquel.
En su ceguera no conocía más que el calor
del enamoramiento sin límite ni desgracia.
Quedóse callado, tan solo una lágrima
daba fe de la segunda herida en su alma.
"Llévame entonces... Nada me queda.
Eras tú a quien siempre buscaba.
Si no tu abrazo, por lo menos tu pena...
Toma mi mano hacia la última morada..."

Bajó la cabeza, humilde y resignado.
Sentía ya el golpe, perdida la esperanza.
Mordióse los labios, en silencio rezaba...

Pero, ¡súbita verdad! ¡El impacto no llegaba!
¿Era posible que la piedad en ella cupiera?
Ofreció su diestra al postrado caballero,
mientras dirigía a él sus voces arcanas:
"Levántate... De nada me serviría
cebar mi acero en tu destrozado corazón.
Ya cargas el dolor más grande de tu raza:
amar sin ser correspondido, sin razón.
No te perdono. Estás condenado.
Pero hoy no cargaré con tu peso muerto.
Hasta el día que volvamos a vernos
agoniza... Después nos encontraremos."

Desapareció después, con el susurro del cerezo
retumbando a las espaldas del enamoradizo.
Impotencia a sus mejillas llevaba el rubor
y la consciencia de ser para siempre marginado.
Marcado con el hierro del desprecio,
a la soledad irremediable destinado.
Pero sabía, al menos le quedaba el consuelo
de que la misma Muerte vendría a abrazarlo...
Esperaría, cuanto faltase, para ver su rostro
asomar entre las sábanas de su lecho mortuorio.
Sería su secreto: el instante supremo
en que expirase el aliento último del cuerpo
llegaría el esperado fin de los tiempos
y su tesoro más preciado...

Un beso robado a los pálidos labios
de aquella mujer que condenó sus pasos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Breve historia desconocida

Domingo a media tarde. Con las voces de un sueño reciente en la cabeza, iba caminando por la acera vacía, en aquella ciudad que nunca existió. Era un día sereno: el viento jugaba con los árboles y se perdía con las nubes caprichosas; la vida proseguía con inexorable placidez; algunos rayos de Sol tardíos llevaban el agradable calor del verano a las almas. No había gente a la vista. Era la única persona para su propia realidad. ¿Qué más podía pedir sino la tranquilidad de un paseo vespertino?

Sin embargo, el sueño no dejaba su mente. Sólo era consciente de que había soñado, sí, pero ¿qué era la escena que no podía reproducir, mas conocía a la perfección? Vagas reminiscencias del pasado... O del futuro... O simples coincidencias del cansancio con los mundos oníricos de la sinrazón. La ventana de su alma se empeñaba en permanecer abierta, en esos raros instantes en que vivir se confunde con el subconsciente, y no puedes tocar tu alrededor, sientes que todo cuanto te rodea es etéreo y se esfumará al menor contacto. Y la pregunta rondaba su confusión: ¿Qué es eso que no puedo olvidar?.

Proseguía su marcha con los ojos cerrados, absorta en sus cavilaciones. Y la brisa tenía un suave olor a fruta madura, a recuerdos y alegrías olvidadas; cada paso le llevaba a su destino sin saberlo. La caricia del ambiente le confortaba, más de lo que cualquier abrazo humano hubiera podido; cada suspiro del firmamento llegaba a sus oídos de forma tan sutil que sólo les conocía por la sensación provocada. En la suprema quietud de la abstracción. ¿Era eso alegría? Una pregunta más que no podía responderse. La fragancia del aire le guiaba; nadie más podía haberle indicado qué camino tomar, sólo el cálido flujo que rondaba por sus pulmones. Los ojos cerrados, y no más realidad. Un andar ciego, mas certero: el caminar seguro de quien se siente dueño de sí mismo.

Abrió los ojos, sin saber qué es lo que iba a encontrarse. Y los matices cobraron vida. Cada color se dibujaba en el horizonte, como si un arcoiris pudiera desvanecerse y perderse en trozos por el aire. La suave acústica de un silbido callado, casi un susurro, le contaba las historias olvidadas de la belleza. Y el sueño le rogaba que intentara descifrarle, volvió con más intensidad a su memoria.
Era un sueño calladito, pequeño y frágil. Empezó a narrar sus leyendas al oído de la chica, ahuyentando viejos temores de abandono. Una princesa en un castillo, fieros dragones decadentes, quizá un libro olvidado tiempo atrás. Y la fantasía reemplazaba lentamente al entorno, escuchando cada vez más reales las sombras de su pensamiento. Mientras el mundo se corrompía por alguna extraña enfermedad, un príncipe montado en níveo corcel luchaba por encontrar un arma sagrada, y las máquinas devoraban la urbanidad de las ciudades, al tiempo que elfos, hadas y ogros convivían con singular respeto. Ese había sido su sueño, no cabía duda. Y éste se aproximaba cada vez más a su corazón, hablándole con la ternura desconocida de la poesía inconclusa. Las historias brotaban de sí, cada palabra le llevaba un consuelo hasta entonces desconocido.

Cerró una vez más los ojos, y pudo ver cuanto su alma escuchaba.

Y he aquí que los colores se volvieron parte de ella, y una suave melodía brotó del aroma de media tarde, y su paseo se tornó en viaje introspectivo. Gracias al sueño que no se detuvo, que siguió insistiendo en abrazarle.

Llegó a casa, apenas dándose cuenta hasta que casi tropieza con la puerta. Entró sin mayor ceremonia, y dirigiéndose sin demora al viejo escritorio de la esquina, dejado de la mano del tiempo, tomó asiento frente a él, y comenzó a escribir.

domingo, 7 de septiembre de 2008

~

Sayonara...

jueves, 4 de septiembre de 2008

...?

¿Sigue en pie nuestra amistad?

Dijiste que estás resentida. ¿Y sabes qué? Me dijeron que no ruegue, me dijeron que me aguante, que no todo es mi culpa. Pero como siempre no me importa xD.

Así como tuve la cara para dejarte de lado, la misma tengo para darte lata de nuevo. Qué poca, ¿no? Qué desvergüenza.

Pero así me conociste, y así me tienes aún en el MSN aunque sea. No sé si en tu corazón.

No te quejes, así me dejaste entrar.

... :3

En verdad me alegra que estés mejor. Que vayas adelante. ¿Yo? Échame un grito cuando me necesites. Y te molestaré más seguido, mwahaha. Que no se diga que nada más te hablo cuando quiero quitarte el tiempo.

...Y si solo tienes ganas de hablar, con gusto escucharé ~ (8)


http://i300.photobucket.com/albums/nn23/D-Byakuya/twinkle.jpg

Aunque no sea la gran cosa, es para ti. Nadie dijo que yo supiera dibujar.

...[LL]